Trampa

Posted On 8 enero, 2014 By In ENTRETENIMIENTO, Sex Zown And 1001 Visitas

Una trampa

Y al final, lo consiguió. Me hizo caer en su trampa.                     

Teníamos saliendo ya cerca de siete meses, el trabajo comenzó a separarnos hasta que consiguió lo que quería y decidimos intentarlo por separado. Fue una completa coincidencia que en aquella ocasión nos encontráramos en carretera. De esas veces que el destino te tuerce todo de tal forma que terminas haciendo lo que menos sabes hacer, en mi caso: Cambiar un neumático.

-Tengo una casa a unos kilómetros, te puedo remolcar y ahí puedes llamar a una grúa.

-Gracias.  –No pude decir más, ¿qué decía de cualquier forma?

Lo conocía cerca de un año y nunca supe que tuviera más propiedades que la casa en el quinto infierno de la ciudad, cuidada por tres labradores y una tortuga, pues él nunca estaba ahí. Incluso en una ocasión, tuve que ir a alimentar a sus mascotas porque el señor me había llamado desde el otro lado del país. Motivo por el que nos separamos.

A donde llegué no era una casa, sino una hacienda. Amplia y bien cuidada, no se veían animales pero si gente que iba de un lado a otro, se veía que limpiaban, movían cosas y demás. A pesar de ello, la llamada a una grúa fue un fiasco. O el lugar les parecía muy lejos o simplemente no querían ir. Esperaba que él se ofreciera a traerme a casa, pero también esperaba que me ofreciera quedarme. Sin darme cuenta, entre la comida y la merienda, la noche llegó con aquellos recuerdos y risas, como si siempre hubieran estado y nunca se hubieran ido.

-Bueno.  .. –comenzó a decir- .. Puesto que es ya de noche y en lo personal no me gusta manejar a estas horas y, teniendo más de cinco habitaciones libres, supongo que puedo ofrecerte un lugar para pasar la noche.

-Aunque parece que lo dices sarcásticamente, acepto sin tener opción la invitación.  –respondí. Ambos reímos.

Me instalé a dos habitaciones de la de él. La casa parecía haberse sumido en el silencio apenas nos retiramos. Desde mi cama no se escuchaba más que la película que él veía. Armas, bombas y gritos era lo que se escuchaba, pero yo nada más no podía pegar el ojo.

Salí con cuidado hacia la cocina por un poco más de vino del que habíamos cenado. Crucé el pasillo y pasé frente a su cuarto. Alcancé a escuchar algunos ruidos demasiado sugestivos, lo que me hizo dar el paso de prisa por el vino para dormir de una buena vez. Ya en la cocina y con el tinto al lado, comencé a pensar sobre la relación que habíamos tenido, concluí como en su tiempo, que le que tuviéramos horarios tan separados y variados tarde o temprano harían una ruptura, tal vez hasta peor.

-¿Qué haces aquí?  -preguntaron a mis espaldas.

-No podía dormir.  –respondí alzando la copa.

-Discúlpame, debí bajar el volumen.

-No te preocupes. Es tu casa.

En eso se acercó tanto a mi que me aprisionó entre la silla y la mesa. Me sostuvo la mirada haciendo que me ruborizara y se me pusiera la piel de gallina. Comenzó a pasar su mano derecha sobre mi brazo y un hormigueo me paralizó completamente ese lado de mi cuerpo. Su mano subió más hasta llegar a mi cuello, la pasó por detrás de mi cabello y al final la pasó por mis labios.

¡Oh, Dios! Me tenía en su poder, de nuevo. En ese momento pudo haber hecho lo que quisiera de mi y no me hubiera negado, ni le hubiera reclamado. Pero, ¿qué hizo? Tomó mi copa con vino y se fue. Dejándome ahí, prendida de su tacto, excitada de su aroma y deseosa de su ser.

Asalté por segunda vez el refrigerador y me encontré con una botella de tequila con poco más de dos dedos aún del tan vital líquido que necesitaba en ese momento. Contenido que se fue en menos de un suspiro. Lo suficiente para pensar qué era lo que quería. Y al menos en ese momento, era a él.

Fui a su cuarto, toqué pero no hubo respuesta. Abrí la puerta discretamente pero no estaba. Decepcionada me fui a mi cuarto, con la leve esperanza que estuviera ahí. Nada. Se había esfumado. En eso escuché ruido a las afueras. Me asomé hacia el enorme jardín y ahí lo vi, tomando de a pico de botella a la orilla de la enorme pileta acondicionada como alberca.

No lo dudé.

Fui a donde se encontraba.

Terminé de lamer mi propia botella y me acerque sin delicadeza. Me vio y sonrió. No dejé que dijera nada, fue simple, me deje caer en su trampa. Lo pude ver en su mirada y lo reconocí en la cocina. Quería que fuera hacia él. La comida, la cena y hasta posiblemente la negativa de las grúas fue planeado por él.

Y ahí estaba yo, seduciéndolo en la oscuridad del cielo, iluminados románticamente con las luces del jardín.

No pude ocultarme, el pudor de las cuatro paredes se quedó atrás para tenerlo dentro de mi una vez más. Para ser suya de la forma que él quisiera, las veces que él quisiera sin importar lo cansada que estuviera.

La luz de la mañana junto con sus naturales ruiditos nos alcanzaron. Sentía arder mi espalda. Me levanté para darme cuenta que él no estaba, pero sí que yo me encontraba cubierta por una enorme y peluda manta. Comencé a sentirme estúpida. Había caído en su trampa.

-Tal vez ya tenga la grúa esperando por mí. –murmuré.

-Tengo la grúa, pero tu te quedas.  -escuché detrás de mi-  La trampa la puse yo, pero caí en la tuya. Me buscaste. Y caí.

-Entonces… Déjame caer contigo.

Kiki Zown