Genoveva

Posted On 5 diciembre, 2013 By In Cronica Urbana, ESPECIALES And 1008 Visitas

Un poco de Vivaldi camino a casa

Recorriendo las calles del centro histórico potosino, en busca de una historia digna de ser contada a modo de crónica urbana, este reportero se topa con un escenario desértico: La resaca del catorce de febrero, la estela de la cuesta de enero y el frío, han vaciado las calles.

Los establecimientos no tienen clientela y las plazas han perdido brillo. A punto de asumir una nueva derrota, la esperanza surge de una banqueta en forma de nota musical, la pieza clásica ejecutada en un violín se convierte en el perfecto soundtrack callejero que despierta a una ciudad adormecida, y que le da un poco de color a una mañana que despertó gris.

Cerca de la Plaza del Carmen me percato del sonido, no sé de dónde viene, pero mi deseo por encontrar una historia me lleva hasta él. Sigo la melodía con mis oídos, atravieso una calle, prosigo por un callejón y doy vuelta a la derecha, me encuentro ya en la calle de Zaragoza y la música es más palpable, todo me lleva a la esquina con Agustín de Iturbide.

Justo en la puerta de una cafetería, una mujer toca un violín, al tiempo que más de una persona distrae su trayecto para verla, y alguno que otro, se detiene para depositar una moneda en el estuche del violín, que ella misma ha colocado bajo sus pies a manera de bandeja.

Mientras decenas de potosinos son espectadores ambulantes, yo me detengo y la miro con atención, la observo a detalle para poder describirla, y escucho las melodías. Cuando termina la pieza me apresuro a hablarle –quiero concretar la entrevista antes de que vuelva a tocar-. Accede a que le tome algunas fotografías y acepta contestar algunas preguntas cuando concluya la siguiente pieza.

Repentinamente me convierto en el narrador gráfico de una secuencia musical callejera; uno de tantos elementos que convierten a nuestro centro en un lugar atípico; un espacio cuya historia y tradición aún se percibe, y que a diario lanza toda suerte de gritos para no pasar inadvertido.

La melodía llega al acorde final y es tiempo de iniciar la charla. Se llama María Genoveva Aguirre Parra, nació en Irapuato, toca el violín desde los catorce años y llegó a San Luis Potosí en febrero de 2010 para formar parte de la Orquesta Sinfónica del Estado.

Sin embargo, a los pocos meses dejó la agrupación dirigida por José Miramontes, despedida por motivos que no quiso precisar, y desde entonces, se ha ganado el sustento como concertista urbana, siempre en el mismo punto, siempre a la misma hora, siempre con la misa entrega. “Sí, toco dos horas aquí todos los días, para ganarme el pan de cada día”.

Estudió en la Escuela Nacional de Música de la UNAM, desde entonces, su espíritu errante la ha llevado -junto con la música- a recorrer muchos lugares. Hoy es una ama de casa, que vive en esta capital potosina, atiende quehaceres domésticos por la tarde, y toca el violín en las mañanas.

Cuenta que no está casada, y que tiene dos hijos, a los que no ve frecuentemente, prefiere no hablar mucho y seguir tocando. “No me gustan mucho las entrevistas, estoy trabajando”.

Comprendo que no soy nadie para intervenir en el perfecto diálogo que conforman músico, violín y espectador, noto que lo suyo es tocar y no hablar. Decido dejarla con su público, pero antes debo hacer un par de preguntas más.

-¿Qué siente cuando toca el violín en las calles? “Una inmensa alegría y felicidad, es una satisfacción espiritual”. 

-¿Satisfacción Espiritual? “Sí, esto alimenta mi espíritu”.

Cuenta que hace pocos días fue reintegrada a la Orquesta Sinfónica de San Luis Potosí, sin embargo, a falta todavía de un salario fijo, su jornada oficial continúa siendo de once de la mañana a una de la tarde, y su mejor auditorio, Zaragoza esquina con Iturbide.

-¿Tocar aquí es como un concierto? “Sí es exactamente igual que un concierto”.

Asegura que es posible percibir las emociones que la música genera en los peatones que detienen su paso para escucharla, “He recibido desde aplausos hasta mentadas de madre”.

Ahora sí, la charla llega a su fin, me despido, la felicito, le deseo éxito y deposito una moneda en el estuche. Concierto en La Menor de Vivaldi es la pieza que acompaña mi partida y que aún suena en mi cabeza; tal vez como el recuerdo de que una ciudad con rostro gris, futuro incierto y duro semblante, conserva todavía pequeños pero muy potentes pincelazos de vida.

 Luis Josué Martínez