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Posted On 2 diciembre, 2013 By In Entrevistas, ESPECIALES And 778 Visitas

Otro día de paso… La pesadilla para alcanzar un sueño.

Pasan de las nueve de la mañana pero el sol ya comienza a calar con la intensidad que anticipa el fastidio de un día caluroso y pesado. A estas alturas de la mañana el tráfico ya es denso, y en su mayoría, los potosinos se han inmerso en sus actividades cotidianas.

Es el crucero de Himalaya en Lomas 4ª Sección, casi esquina con la recta final de Salvador Nava. Las fruterías y las tiendas de abarrotes no se dan abasto, un voceador no tiene suficientes manos para repartir periódicos a los numerosos y desesperados conductores que buscan alcanzar el semáforo en verde; esa luz ingrata que cuando marca color rojo desata frustración, gritos y seriedad en los semblantes.

El sonido ambiente es una mezcla de los motores de muchos automóviles, las bocinas que los conductores hacen sonar desesperados por llegar a sus trabajos, los gritos de algún niño, el salpicar de una cubeta con agua que cierta ama de casa derramó en la banqueta y el canto de algún pájaro que se distrajo, y en lugar de acudir a un jardín quiso presenciar el ajetreo de una avenida comercial-residencial llena de prisa.

Es entonces cuando lo conozco; un hombre sentado en un camellón me saluda con simpatía y al tiempo que dibuja una sonrisa me dice hola. Sin embargo, estoy por descubrir que lleva en su espalda y en sus ojos el pesar de una travesía marcada por el dolor pero alimentada por la fe.

Se llama Alfredo y nació en San Pedro Sula, Honduras, es decir, en términos legales y periodísticos se trata de un migrante, pero no quiero llamarle así, por lo que prefiero preguntarle su nombre. Son las 9.20 de la mañana cuando por primera vez cruzo palabras con él. Aunque apenas nos conocemos, no tiene dificultad para entrar en confianza.

Viste un pantalón de mezclilla roto, unas sandalias cafés, una camiseta blanca y una chamarra negra con capucha. Tiene una lágrima tatuada en su mejilla derecha, figura emblemática de “los maras”, lo que me hace temer un poco y dudar en proseguir con esta charla, pero no menciono nada al respecto y decido conocerlo un poco antes de juzgar.

Me cuenta que lleva cerca de veinte minutos pidiendo “una ayuda” a los conductores que se detienen en el semáforo, hasta ahora ha podido juntar treinta pesos.

A todos les enseña una mica, en la que de un lado, guarda un billete hondureño, y del otro, la imagen de una virgen. La primera la utiliza para demostrar que no miente sobre su origen; y la otra, según dice, es la que lo ha cuidado hasta ahora.

Alfredo llegó hace cuatro días a San Luis Potosí, se encuentra a la mitad  de un viaje que inició hace casi un mes. Partió de su natal San Pedro Sula y la ciudad potosina es la sexta escala de un trayecto que lo ha llevado a lugares como Guatemala,  Chiapas, Veracruz, Guanajuato y Querétaro.

En cada lugar ha tenido que transbordar ilegalmente de un tren a otro. No viaja solo, en total son doce personas las que han emprendido esta odisea, misma que año con año realizan cientos de personas, provenientes de diferentes lugares y cuya meta es el peligroso y siempre anhelado cruce de México a Estados Unidos; alcanzar el famoso “sueño americano”.

Los doce viajeros provienen de diferentes lugares; los hay hondureños como Alfredo, Guatemaltecos y también mexicanos. Ayer dejaron la Casa del Migrante pues en dicho lugar sólo pueden permanecer setenta y dos horas. Una vez cumplido ese lapso hay que seguir el camino.

El problema es la falta de dinero y de alimento. Por lo que deben enfrentar la costosa realidad de nuestras calles y trabajar en lo que sea para juntar recurso, subsistir como se pueda y esperar la partida del próximo tren.

“Yo me vine a pedir dinero aquí. Los otros andan del otro lado de la ciudá, allá por la que se llama Soriana, queremos irnos pasao mañana”

Alfredo quiere pasar a Estados Unidos por Piedras Negras y llegar hasta Austin. Ya en dos ocasiones ha cruzado la frontera, pero ha sido poco el tiempo que logró trabajar en la Unión Americana pues en ambos casos fue deportado.

Diez de la mañana. Alfredo lleva casi una hora pidiendo dinero y discute con el voceador. El día anterior, el vendedor de periódicos le encargó que cuidara una botella de agua y Alfredo se la tomó pues no había bebido líquido en todo el  día y el sol era asfixiante. Al parecer el repartidor no olvida el pequeño incidente y hoy es otra oportunidad para reclamar. El viajero recién aprende que con una Bonafont ajena es mejor no meterse aunque la sed te esté matando.

No obstante, Alfredo está acostumbrado a las riñas. “La última vez que me deportaron fue porque unos compas de la obra donde trabajaba, se agarraron a golpes, ya borrachos, en plena construcción, los vecinos llamaron a la policía y la poli llamó a la migra y a todos nos regresaron”.

A las diez con quince minutos aparece en escena Baltazar, es otro de los que viaja junto a Alfredo, es mexicano, originario de Monterrey pero estaba en el sur por motivos que no quiso explicar, también quiere cruzar la frontera pero se le nota menos entusiasmado, tal vez es por la edad; mientras Alfredo tiene treinta y nueve años, Baltazar ya cumplió cincuenta y tres, se le ve cansado, disperso, sin muchas fuerzas para trabajar, sumamente delgado, usa bigote, porta un gorro de estambre y está buscando que alguien le regale un limpiaparabrisas para ponerse a limpiar coches.

“Yo no sé si llegar a la frontera, quizá me vaya a Monterrey y ya me quede ahí, o si consigo que alguien me regale el limpiador ya me quedo en San Luis, a ver qué pasa”.

Tal vez es la edad y el cansancio que representan cinco décadas de errar por todas partes, o quizá es el deterioro físico y mental producto de algunos excesos, pero pareciera que lo que Baltazar quiere es descansar.  No es por ser pesimista, pero en mi mente me pregunto: ¿Cuántos años más podrá vivir éste hombre con el estilo de vida que lleva  y el desgaste físico-mental que arrastra?

La estadística nos muestra que en “los últimos diez años han muerto más de cinco mil migrantes tan sólo en la frontera” (SRE), muchos ni siquiera llegan a esa parte del viaje. Alfredo y Baltazar van a la mitad.

Diez treinta de la mañana. Alfredo ya juntó cerca de sesenta pesos, Baltazar como treinta. Deciden abordar un camión rumbo al centro de la ciudad, “allá hay más trabajo”. Además, quedaron de verse a las once con el resto del grupo en el Jardín Juan Sarabia. Acordarán los detalles de la partida y seguirán buscando chamba y comida para el resto del día.

Son las diez de la mañana con cuarenta minutos cuando estos viajeros abordan un Ruta 15 que pasa sobre Himalaya, decido acompañarlos, pues en ése momento entiendo que esta historia aún no termina y siento que merece no pasar inadvertida.

En el trayecto Baltazar no menciona palabra alguna, mientras que Alfredo continúa hablándome de su vida y las esperanzas que tiene puestas en el “vecino del norte”. Aunque es la tercera vez que busca llegar a Estados Unidos, ha salido de su país en decenas de ocasiones, la primera fue cuando tenía apenas nueve años.

“Fue en el mil novecientos ochenta y tré. Salí porque estaba muy mal la situación, busqué trabajo muy niño. He andado por todos lados. No es la primera vez que recorro México”.

En Honduras, Alfredo se dedica a la construcción, pero dice que lo que gana en todo un día de trabajo no le alcanza para alimentar a su familia. Tiene tres hijos; dos señoritas y un niño pequeño.

“¿Y no extrañas tu país?”, le pregunto. “Sólo a la familia, al país no, está muy jodido todo, no hay vara”.  Me dice que en su natal Honduras, el billete que trae (Una lempira) sólo alcanza para comprar una coca-cola.

Sabe que Estados Unidos no es garantía; ya en dos ocasiones trabajó allá y la “buena fortuna” no estuvo de su lado, pero también siente que debe intentarlo una vez más. Aunque el camino aún se vea largo y las oportunidades escasas.

“Es mejor irnos en tren, los otros compas quieren juntar para el autobús, pero son casi mil pesos; de aquí a que los juntamos se nos va a ir la vida”.

No obstante reconoce que el tren representa un peligros latente: Hay que abordarlo cuando ya está en marcha, se debe esperar un momento en que la velocidad del vehículo disminuya pues de lo contrario es casi imposible subir.

“Hubo otro hermano que venía con nosotros y ya no pudo seguir porque quiso agarrar el tren cuando venía muy rápido y las llantas le rebanaron el pie. De milagro sobrevivió porque unos policías lo llevaron al hospital. Ya no pudo viajar, se quedó en Escobedo, Guanajuato”.

Otro obstáculo a considerar es el costo de cruzar la frontera; tres mil quinientos dólares es lo que les cobrará el “Coyote” para pasarlos a Estados Unidos. Una fortuna para hombres que tienen nada, pero que depositan en un desconocido las esperanzas de trasladarse a un “paraíso” que a veces tiene más cara de infierno.

Once de la mañana. Alfredo y Baltazar se bajan del camión en el eje vial, recorren un tumulto de ambulantes, transeúntes y sexo servidoras que no pueden evitar voltear a verlos. Piden ayuda en los establecimientos, la gente los ve con miedo, les dice que no, y en ocasiones, los corren con gritos.

Pero también encuentran gente con más benevolencia; la encargada de un puesto de frutas les regala una bolsa llena de plátanos y aguacates, Alfredo sonríe, “ya tenemos pa comer, con lo que juntamos compramos unas tortillas y ya estuvo”.

Llegan a la alameda Juan Sarabia, la cita con los otros viajeros se pactó a las once de la mañana, pasan los minutos y nadie llega. A las once y media entienden que sus compañeros no van a llegar y deciden entrar a la Iglesia, se persignan y rezan durante casi veinte minutos. A pesar de todo, aún tienen fe. “Creemos mucho en Dios porque Él siempre nos ayuda”.

Doce del día con veinte minutos. Caminan hacia el puente de Avenida Universidad, es probable que en dicho lugar estén el resto de sus “compas” y efectivamente ahí los encuentran. Comparten la comida que cada uno pudo conseguir y luego comienza el debate; Una discusión que tiene como objeto definir el destino.

La mayoría decide quedarse dos días más en San Luis, juntar dinero y abordar un autobús rumbo a Aguascalientes, “vámonos a la Feria, ahí es donde está el trabajo”. Es el cisma del viaje, los tripulantes de esta odisea se dispersan; la mayoría ya no se arriesgará a ir a la frontera, buscarán trabajo en “San Maracos” y después “a ver qué…”. Baltazar se quedará en San Luis, lavará coches y buscará sobrevivir.  Alfredo es el único que aún quiere llegar a Piedras Negras.

El resto del día Alfredo ya no trabajará. Con el dinero que juntó, pudo pagar la renta de un cuarto en el centro por cuarenta pesos. Ahí descansará el resto de la tarde pensando en las opciones que tiene para continuar su viaje. El tren sale pasado mañana y está decidido a abordarlo.

Llega la hora de despedirme, no sin antes preguntarle –con algo de reserva- el origen de su tatuaje. Me dice que desconocía el significado que “los maras” le dan a estas figuras, y que sólo se lo hizo para complacer a una chica de la que estuvo enamorado.

Tiempo después, en nuestro país conoció el simbolismo oculto tras dicha imagen. “La gente me ha preguntado qué cuantos asesinatos llevo, que porque según esto, cada lágrima significa un homicidio o una violación. Yo no sé nada de eso, sólo me lo hice, pero no he matao ni violao a nadie”.

Alfredo reitera que su objetivo es trabajar; obtener algo que en treinta y nueve años de vida no ha encontrado en su país ni en sus múltiples visitas a México: “Un poco de felicidá”.

El sol de medio día aún cala fuerte cuando lo veo por última vez, le deseo éxito en su viaje. Y pienso en todos los finales que podría tener este relato; los datos duros de historias similares nos hablan de decenas de gente que murió en el intento por cruzar la frontera; de jóvenes asesinados a manos de la patrulla fronteriza (como el caso de Anastacio Hernández en 2010) y de personas que se quedaron a la mitad del camino.

No sé si pueda abordar el tren pasado mañana, o si en algunos días cruce la frontera, no sé si el calor del desierto lo derrumbe o si los policías de la frontera lo deporten.

Pero Alfredo tiene fe, desea que ésta historia –como muchas otras- encuentre un final feliz.  Tal vez algún día no muy lejano despierte y se dé cuenta de que éste viaje sólo fue la pesadilla antes de toparse con “ese poco de felicidá” que tanto ha soñado.

Luis Josué Martínez