JUNAYLIDIA

Posted On 14 mayo, 2014 By In Cronica Urbana, SLIDER And 649 Visitas

Juan y Lidia… Refrescando una ciudad

Las paradojas sociales, en ocasiones se transforman en injusticias, o al menos eso aparentan.  Los contrastes de nuestra cotidianidad, sobre todo en México, nos muestran un panorama urbano de realidades que se contradicen y chocan constantemente, generando un ambiente de hostilidades y enfrentamientos, muchas veces estériles.

Es así que al recorrer nuestras calles, plazas y jardines públicos no será difícil identificar estas realidades disímbolas: El humilde bolero cuya ganancia tal vez no alcance los doscientos pesos diarios, lustrando el calzado de un legislador que percibe un sueldo cuasi millonario.

Una mujer barre la banqueta donde se enclava un colegio en el que estudian los hijos de empresarios, políticos y artistas. Se encarga de limpiar el camino que sirve de autopista para las correteadas de un montón de niños con los que su hijo nunca jugará fútbol.

Pero al entrar en el mundo de cualquiera de estos personajes, es probable que nos encontremos con una interpretación más profunda que la simple lectura de considerarlos víctimas de un sistema socio-económico desigual. Muchas veces, son personas más felices y más plenas que aquellas a quien este perverso tejido social ha convertido en sus dueñas.

Esta es la sensación que se adquiere después de charlar con Lidia y Juan de la Cruz, madre e hijo, respectivamente.

Ambos se dedican a vender paletas y nieves en el Jardín de Tequisquiapan de esta capital potosina. Cada uno pasea su carrito por todo el lugar.  Desde las nueve de la mañana hasta las seis de la tarde se encargan de refrescar el ánimo de los cansados y acalorados visitantes al jardín.

El primero al que conozco es Juan, habla poco pero sonríe mucho. Tiene dos años vendiendo paletas, antes se dedicó a la albañilería pero dejó la construcción porque “ya no hubo chamba”. Su labor actual es vender paletas y nieves de limón, vainilla y fresa.

Le gusta su trabajo, al menos eso dice, y la constante sonrisa en su rostro lo confirma. Hasta ahora, esto le ha permitido subsistir y solventar todos sus gastos. Ha conocido mucha gente y todos los días sale a trabajar con mucho gusto.

Sin embargo, es un hombre de pocas palabras y me siento incapaz de extraer algo desde su interior. El tipo batalla para entrar en confianza y abrir su corazón…

Es entonces cuando aparece la mujer que, literalmente, le ha dado todo. Lidia es su mamá, una señora amable, simpática,  y que pasea su carrito de nieves desde hace 28 años.

Más de dos décadas en este oficio la han hecho una persona que sabe conectar con las personas. Aunque inicia la conversación con un poco de timidez, después dibuja una sonrisa y abra su corazón.

“Yo creo que a la gente le gusta como los trato, porque me buscan mucho, vienen y ya me conocen, quien comprar paletas conmigo”.

Luego de tantos años, mucha gente ya sabe que no hay como disfrutar una paleta de doña Lidia en tequis. La señora asegura que este trabajo le ha dado satisfacciones, amigos, y también, bendiciones inesperadas.

“Una vez, hasta me enfermé y dejé de venir. Hubo gente que como no me veía, se preocupó y me fue a buscar a mi casa, hasta me mandaron medicinas”.

Ella y su hijo trabajan todo el año; en época de frío guardan el carrito-nevera para desempolvar su mesita de duros y frituras, pero no hay día en el que no sirvan al pueblo potosino con algo que les permita distraerse de la realidad que tenemos en frente y no siempre es feliz.

“Cuando empezaba lo de los balazos, la gente dejó de venir a los jardines, de repente todo estaba muy solo, pero ya otra vez, han venido. Los domingos, está bien lleno todo el día”.

Tanto Lidia como Juan aseguran que los espacios para el esparcimiento de las personas y familias jamás desaparecerán, “la gente siempre va venir a las plazas  a pasarla bien, a relajarse.  A pesar de los problemas, mucha gente es feliz”.

Me despido, me retiro del jardín, no sin antes probar una nieve de vainilla que refresca mi garganta en un mediodía de jueves cuyo calor es pesado. El sabor es delicioso y me hace recobrar una temperatura agradable.

Tal y como esta charla me ha hecho recobrar un nuevo ánimo, pues las personas más sencillas, con el más simple de los trabajos y la más común de las vidas, me han recordado que vale la penar disfrutar de los jardines, dar gracias por vivir y sonreír para variar.

Luis Josué Martínez