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Posted On 8 marzo, 2016 By In nacional, NOTICIAS, SLIDER And 374 Visitas

Hombres feministas y el problema del privilegio masculino

Dentro de los círculos feministas, la existencia de hombres feministas a menudo es cuestionada —a veces incluso rechazada— con argumentos como “los hombres no pueden ser feministas” y “los hombres verdaderamente feministas no se jactan de serlo y abandonan sus privilegios”. No es mi intención quejarme de la exclusión de los hombres en espacios de y para las mujeres; estos espacios son necesarios. Tampoco pienso argumentar que las feministas oprimen a los hombres, esto es completamente falso. Sí quiero, sin embargo, abordar estos dos argumentos con el fin de apuntar hacia la construcción de una ética feminista para los hombres que suscribimos el feminismo y plantear la posibilidad de una lectura distinta en torno a nosotros.

En primer lugar, quiero sugerir que el nombrarse feminista no es una cuestión de identidad, sino una de posicionamiento político. Es decir, lo que nombro al llamarme feminista es la forma en la que entiendo las relaciones de poder. Esto implica que estoy consciente de la forma en que la sociedad y la cultura generan y mantienen condiciones de desigualdad sistemática entre hombres y mujeres que —indudablemente— me benefician de manera injusta, así como de la manera en la cual mi comportamiento cotidiano puede contribuir a sostener dichas condiciones. En este sentido, yo no veo imposibilidad ni contradicción en que un hombre se llame a sí mismo feminista.

Esta consciencia tendría que llevar a los hombres feministas a cuestionar(nos) constantemente y a emprender estrategias para subvertir las condiciones de desigualdad tanto en el ámbito público como el privado. Hay personas que piensan que la única forma de lograr esto es que los hombres renunciemos a nuestros privilegios. Ésta es una tarea imposible. Utilizaré el acoso callejero (ese normalizado socialmente como “piropo”) para explicar las razones. Sabemos que no sufrir de acoso callejero por nuestro género es parte del privilegio masculino, ¿cómo renuncio a este privilegio?
La relación entre el género y el privilegio es constitutiva del género; es decir, soy hombre porque tengo privilegios que las mujeres no tienen y los tengo porque soy hombre. La única manera en la que puedo renunciar al privilegio de vivir libre del acoso callejero es salir a la calle como mujer, convertirme en mujer y, por lo tanto, dejar de ser hombre. El privilegio masculino, al igual que otros como los de clase, raza, sexualidad, capacidad y demás, funcionan con un principio binario. Una condición particular es la privilegiada (hombre, blanco, heterosexual, cisgénero, sin discapacidad) y cualquier condición distinta produce inequidad. Desde una perspectiva interseccional, gozar o no gozar de los privilegios asociados con diferentes condiciones asemeja una torre de Jenga donde cada característica que difiere de la privilegiada representa una pieza menos y la pérdida de estabilidad.

El ejemplo del acoso callejero expone una realidad importante: nos guste o no, el género no se escoge, se impone a través del reconocimiento de símbolos específicos que (re)presentan a hombres y mujeres respectivamente. Este factor es más tangible en el caso de las personas trans. Para muchas de ellas, el reconocimiento legal, social y cultural del género que son (y no del que se les asignó al nacer) es una preocupación importante e incluso puede salvarles la vida. Las personas trans que por distintas razones no son “pasables” experimentan de manera cotidiana la violencia de ser “leídxs” como de un género distinto. El papel del reconocimiento en la identificación del género hace evidente que el control que pretendemos tener sobre nuestro género de manera práctica es más bien limitado, que se encuentra sujeto a la mirada y la lectura que lxs otrxs hacen de nosotrxs.

Desde hace un par de años, las redes sociales y los círculos feministas han visto el surgimiento del lesboterrorismo, una propuesta radical de feminismo lésbico. El artículo más recalcitrante que he leído contra los hombres feministas fue escrito por una lesboterrorista que ellas mismas identificaron varias veces como un “hombre biológico”, aunque reconocían y aceptaban que se identificara como lesbiana. Por otro lado, hay hombres trans y mujeres trans de expresión no tan femenina (butch, le llaman) quienes reconocen públicamente los privilegios que se les confiere al ser leídxs como masculinos. Llamarnos a nosotros mismos “mujeres” o “lesbianas” no es suficiente para abandonar el privilegio masculino si mantenemos los símbolos que nos (re)presentan como hombres ante lxs demás. La única forma de hacerlo de manera definitiva sería abandonar esos símbolos, dejar de ser hombres y convertirnos en mujeres social, legal y culturalmente reconocibles como tales.

¿Es necesario “abandonar el privilegio” para adoptar una posición política que combate la violencia sistémica, como lo hace el feminismo contra la misoginia? El capacitismo (ableism, en inglés) es el prejuicio social contra las personas con discapacidades. Si estoy en contra de este prejuicio, ¿procurarme una discapacidad —y así renunciar al privilegio— contribuye a combatir dicho prejuicio y la discriminación que produce? No, no lo hace. El privilegio no es un bien cuantificable, no hay una cantidad limitada de privilegio que pueda repartirse de forma equitativa para generar igualdad. El privilegio es (parte de) un principio de organización, un mecanismo de jerarquización. Incluso si fuera viable abandonar el privilegio masculino, esto no alteraría su funcionamiento porque se trata de una cuestión estructural dentro de la cultura.

La idea de abandonar el privilegio masculino me parece, por todo lo anterior, un planteamiento ocioso por lo imposible de la tarea. Como mencioné al principio, los hombres feministas tendríamos que cuestionar(nos) constantemente y emprender de manera cotidiana distintas estrategias para subvertir las condiciones de desigualdad. La pregunta es: ¿tú qué haces con tus privilegios? ¿Estamos limitados a regodearnos en ellos, aprovechándolos de manera inconsciente e indiscriminada en detrimento de grupos menos privilegiados y perpetuando la inequidad? ¿Cabe la posibilidad de reconocer su existencia, utilizarlos para visibilizar lo invisible y desestabilizar las estructuras de opresión? No hay una única respuesta pero, si queremos contribuir a las causas del feminismo, tendremos que seguirla buscando aunque nunca la encontremos.