Embalsamador

Posted On 2 diciembre, 2013 By In Entrevistas, ESPECIALES And 1565 Visitas

Entrevista con Embalsamador… Comprendiendo la muerte.

El lugar, lejos de lo que podría pensarse, resulta un poco cálido, el ambiente es tranquilo, condición casi obligada en una funeraria. Paredes de color blanco, dos planchas para postrar cuerpos inertes y charolas con utensilios para succionar grasas, limpiar y maquillar cadáveres, son los elementos que conforman el escenario de la charla con Samuel Leija, embalsamador desde hace quince años, quien a través de un oficio íntimamente ligado a la muerte ha encontrado un modo de subsistencia, y también, una nueva forma de valorar la vida.

Al iniciar la conversación, el señor Leija se ve tranquilo, la templanza debe ser algo indispensable en su quehacer diario, pero no obstante su seriedad, se dirige de un modo amable, como quien se complace en hablar sobre su trabajo. Cuenta que comenzó a laborar en el negocio funerario desde que tenía veintisiete años, fue por requerir empleo que incursionó en dicha actividad: “Yo entré a trabajar a una funeraria por necesidad, no tenía trabajo, inicié como ayudante general, de ahí empecé a meterme al laboratorio y comencé a ver como se preparaban los cuerpos. Después una de las personas del área, la señora Martha Eugenia Schekaibán, me dijo qué si quería aprender el oficio y ella fue quien me lo enseñó”.

Después de tanto tiempo en este negocio, y tras haberse desempeñado en dos funerarias, hoy en día podría considerársele un experto embalsamador, pero, ¿Cuánto tiempo tomó aprender un trabajo como este?. “El proceso para aprender, fue a lo largo de un año, se puede decir que no es difícil, pero hay que tener ciertos cuidados, tanto para uno mismo como para el cuerpo de la persona que se está preparando, y realizarlo como a mí me enseñaron: con tranquilidad, calma, y bien hecho”.

Pero el embalsamamiento no es una labor cualquiera. El proceso dura de dos a tres horas, se debe estar en contacto con el cuerpo sin vida, que después de fallecer comienza a destilar un olor desagradable. El organismo desarrolla un tinte que de forma paulatina mancha la piel, y tales imperfecciones son removidas mediante un masaje especial. Todo el cuerpo es limpiado, desinfectado y por último se maquilla. Don Samuel nos cuenta que un cadáver es embalsamado por dos razones primordiales: La desinfección y preservación del cuerpo. Así lo marca la Secretaría de Salud. El cuidado estético de un cadáver es el sello particular de cada funeraria mas no es una obligación: “Que el cuerpo se vea bien, que luzca tranquilo y relajado es ya una labor propia del embalsamador; hacer un buen trabajo, que la persona se vea natural”.

En este, como en cualquier oficio, se busca realizar el trabajo con dedicación y calidad. Al menos así lo expresa el señor Leija, pero también manifiesta que su labor suele permanecer oculta. El embalsamamiento es algo indispensable en cualquier funeraria, y toda persona que fallece requiere de esta preparación, sin embargo, es un tema al que la gente se dirige con muchas reservas y el personaje del embalsamador siempre permanece en el anonimato: “Raras veces las personas saben que hay detrás de un cuerpo en un ataúd. Todo el trabajo que hacemos permanece oculto, lo que hacemos debe hablar bien de la funeraria, no tanto de nosotros”.

Hoy en día Samuel Leija es un profesional del oficio, y además realiza su trabajo con gusto, sin embargo, comenzar en una actividad como ésta debió ser complicado. Al preguntarle qué tan difícil fue adaptarse al trabajo con cadáveres, la respuesta no es inmediata: desvía un poco la mirada, como si se pusiera a recordar aquellos tiempos de aprendizaje en el trabajo que sin duda, fueron complicados, finalmente dibuja una pequeña sonrisa, y nos dice: “Voy a ser sincero, cuando yo comencé a preparar cuerpos, y quedaba solo en el cuarto, miraba a la persona de reojo, pensaba mucho en que ahí estaba una persona muerta. Eso se me fue quitando, hoy veo a un cuerpo en la plancha y para mí ya es natural verlo. Yo sé que la persona está muerta, pero ya no pienso en eso. Obviamente no la veo como una persona viva, pero la sigo viendo como un ser humano”.

La muerte, que muchos prefieren ver como un tema ajeno, para don Samuel es literalmente su “pan diario”. No obstante, él mismo dice que su percepción de la vida y la muerte se ha transformado a partir de su oficio, para él, la muerte es algo constante, no sólo por ser parte de su trabajo cotidiano, sino porque la vida misma está rodeada de muerte: “Trabajando en esto, comprendes más las cosas, quitas el concepto de muerte de tu cabeza. La muerte es algo implícito en la vida, desde que nacemos comenzamos a morir, muchos piensan que los embalsamadores nos volvemos gente fría, pero al contrario, nos volvemos más sensibles, no podemos llorar en un funeral porque estamos haciendo nuestro trabajo, pero eso no quiere decir que no sintamos tristeza por el dolor ajeno”.

Don Samuel considera que la muerte es parte de la vida diaria, no sólo para él, sino para todas las personas: “No nos damos cuenta de que la muerte siempre está ahí: vamos caminando por la calle y vemos una planta o un animal muerto, constantemente estamos rodeados de muerte. Nomás que pensamos que muerte es sólo cuando se nos muere un ser humano, la muerte ocurre en cualquier ser vivo”. Mientras habla de la muerte, es posible notar que para él resulta fácil comentar el tema, pero también lo hace con una gran sensibilidad: “Para mí la muerte es algo que ya está, no queda otra más que esperarla, yo la acepto como algo con lo que ya nací”

Pero así como la muerte es concebida de un modo más amplio y sensible, para el embalsamador la vida también toma un nuevo sentido. Samuel Leija dice que la vida es algo que se debe disfrutar: “Ya no pienso si el pasado fue bueno o malo, pienso que si quiero que mi futuro sea de calidad, mi presente debe serlo, me gustaría llegar a viejo y vivir lo más que se pueda”.

Al tiempo que habla de su trabajo y recuerda algunas anécdotas, en momentos se le ve contento, son ya quince años de ser embalsamador, y en este tiempo debe haber tenido algunas satisfacciones, a pesar incluso, de lo solemnidad y tristeza que acompañan a su oficio en todo momento: “En ocasiones me han felicitado, y es una satisfacción muy bonita, cuando alguien llega y me dice: qué bonita quedó mi mamá, o mi papá se veía como si estuviera dormido. Sí me ha tocado que a pesar de estar en un momento triste, se lleven una imagen grata de su ser querido”.

Sin duda alguna, el trabajo que cada día realiza no es fácil, además no es un oficio que comúnmente las personas busquen realizar. El mismo Samuel cuenta que jamás pensó en ser embalsamador, y que por el contrario, le hubiera gustado ser Contador Público: “Yo trabajé en distintas cosas, y tengo una carrera trunca de contador público. De no trabajar en esto, me hubiera gustado terminar la carrera y dedicarme a ella”. No obstante, hoy en día, es alguien que ama su oficio: “Entré porque necesitaba el trabajo, la situación era muy difícil en aquella época, y poco a poco le fui agarrando el gusto, hoy te puedo decir que me gusta mi trabajo, como en cualquier otro, lo tienes que disfrutar para hacerlo bien y con gusto”.

Por otro lado, aunque le gusta su trabajo, no descarta la posibilidad de algún día dejar de ejercerlo, la labor del embalsamador es muy pesada y asegura que algún día podría cansarse: “A veces hay que ir a recoger cuerpos a las dos o cuatro de la mañana, prácticamente puede haber un fallecimiento a cualquier hora del día, y también preparar un cuerpo es muy laborioso. A veces me toca preparar cadáveres muy pesados, que es más difícil mover y limpiar, todo eso te va cansando”.

El embalsamador llega a convertirse en una especie de médico, su presencia puede ser requerida en cualquier momento, y su labor debe ser llevada a cabo con perfección, sin embargo, los horarios extenuantes y la cercanía con los cadáveres son cosas que muchas personas no aceptan del todo. Don Samuel confiesa que se ha topado con personas que no entienden su oficio: “Hay gente que no comprende el trabajo, es por cultura, muchas personas no entienden que un cadáver debe prepararse”. En un principio, también su familia se desconcertaba, y algo que hoy en día sigue afectándole es el hecho de no estar cerca de sus seres queridos: “Al principio sí me decían en mi casa qué cómo podía trabajar en esto, si les comentaba que venía de la funeraria me decían: no te me acerques. Me lo decían más de cotorreo, lo difícil es que he dejado de ir a reuniones y de estar en momentos especiales de la familia. Te tienes que casar con el trabajo”.

Es evidente que para Samuel, la familia es una parte muy importante, se le cuestiona si alguna vez ha preparado el cuerpo de un ser querido, su semblante se torna melancólico y confiesa que si lo ha hecho: “Las veces que me ha tocado, lo piensas antes de hacerlo, le digo: ¿Qué haces aquí?, pero luego pienso que es mi trabajo y que debo tratarlo como a cualquier persona: con respeto”.

Al revisar artículos y comentarios en Internet sobre el tema, es posible hallar documentos que consideran esta actividad un arte. En culturas como la japonesa el embalsamamiento supone todo un ritual y una ceremonia familiar. Sin embargo, el Señor Leija no lo considera una labor artística: “No es una arte, porque no estamos creando nada, estamos trabajando con algo que ya está hecho: el ser humano; que en cierta forma sí es un arte, pero nosotros no lo creamos”.

Dado que una muerte puede ser causada por factores muy distintos, la pregunta es obligada: ¿Qué cuerpos son los más difíciles de preparar?. “Los cuerpos autopsiados son los más difíciles: accidentes fuertes o muertes violentas. Deben pasar primero por el médico legista, tienes que inyectar por seis puntos, hacer una evisceración, y te puedes tardar hasta cinco o seis horas en preparar un cuerpo autopsiado”.

El Señor Leija ha preparado cuerpos desfigurados, heridos de bala y lacerados, pero expresa que los casos más complicados de atender son los niños pequeños: “Los niños son los más difíciles, ahí si te entra el “cus cus” de hacer una disección en un niño pequeño, es mucho más difícil que hacerlo en una persona adulta”.

Para finalizar la charla, se le pide que comparta un poco sobre las técnicas del oficio, muestra sus utensilios: un succionador de grasa, que es un tubo recto y puntiagudo con una longitud de aproximadamente ochenta centímetros, bisturí, maquillaje, y un polvo para cubrir vísceras en los casos de autopsia. Todos, artefactos que podrían parecer extraños o hasta ofensivos, pero luego de una charla con un hombre que ve este oficio de una forma humana, no parece ya algo tan distante, como él mismo Samuel lo dijo: “la muerte es parte constante de la vida”.

Dos preguntas cierran la plática: ¿Cuál es la importancia de su trabajo para la sociedad?, y ¿Cómo le gustaría que prepararan su cuerpo el día que muriera?. En relación a la primera, expresa que el problema radica en que la sociedad no conoce el oficio: “Nuestra labor siempre permanece oculta, más bien la sociedad debería preguntarse si es importante o no el trabajo de un embalsamador”.

La última cuestión representa algo en lo que quizá don Samuel no había pensado anteriormente, sin embargo no duda en contestarla: “Pues sólo que me preparen con gusto y que me dejen como siempre yo he tratado de dejar a las personas: bien”.

La conversación termina, Samuel Leija regresa a su oficina con la misma tranquilidad que comenzó a compartir sus experiencias. El escenario es el mismo, el lugar permanece aún tranquilo. Hoy la muerte no ha llegado, pero el embalsamador está listo para hacerle frente a toda hora, y cualquier día de su vida.

 Luis Josué Martínez